Me llamo Daniel. También me llamo Dani. Dani, Daniel, ... a veces David, cuando la gente se equivoca. Es comprensible: son nombre parecidos. Desde que recuerdo, siempre me produjo cierto desasosiego mi nombre. Dani para los amigos, Daniel para el trabajo, Dani de buen rollo, Daniel de mal rollo. Hoy Dani, mañana Daniel,... Noto que hasta mis allegados dudan muchas veces de qué versión utilizar, y a veces les causa cierto malestar, o eso creo. Lo peor es cuando conozco a a alguien y no sé si presentarme como Dani o Daniel. Podría verlo de otra forma: un nombre así da más juego, y es menos rutinario. A mí me encanta mi nombre, pero no puedo despegarme de ese leve malestar. Me ocurre algo parecido en esos restaurantes donde hay demasiadas opciones donde elegir; también me causan cierto desasosiego, aún valorando que una carta amplia tiene muchas ventajas: por ejemplo para las personas alérgicas. Lo cierto es que me molesta que me afecten tanto ese tipo de cosas; esas tonterías sin importancia.

      Desde que era un crío  me entusiasmaban las buenas historias. Siempre he tenido mucha imaginación y mucha creatividad, e inventaba historias para mí. Soñaba despierto creando mis propias películas. Sin embargo, no me enganchaba a la lectura. Leía muy poco y casi siempre por obligación. Sólo conseguía motivarme con los libros de "Elige tu propia aventura". Pasaba buena parte del verano en el pueblo, con mi primo. Él leía mucho. Yo no podía, era incapaz. No tenía paciencia. Era más fácil verme subido en la bicicleta a la hora de  la siesta,  a pleno  sol, con 35 grados , que verme leyendo un libro. Lo mío eran las películas. Bajar al videoclub a alquilar una cinta de vídeo era una de mis grandes aficiones invernales. Al cine iba poco, porque era caro. En el videoclub había dos tipos de películas (sin contar el cine X): las "novedades" y las "normales". Las "novedades" eran los estrenos, recién llegados tras unos meses de poder verse sólo en los cines. Lógicamente eran las más apetecibles; la publicidad es un arma muy poderosa. También eran las más caras. Mi padre luchaba conmigo para hacerme comprender que era mejor alquilar una película "normal" que una "novedad". Su mejor argumento era que las "normales" con toda seguridad tenían que haber sido "novedades" en algún momento. Es decir, eran las mismas películas; sólo era cuestión de esperar un poquito. Qué importante es el tiempo, ¿verdad? Tenía sentido.  Ya por aquel entonces yo era plenamente consciente de que era un argumento ganador, y eso me enfurecía. Como no tenía paciencia para esperar la metamorfosis de las  películas otros cuatro o cinco meses, daba lo mejor de mí mismo como orador, maquinando argumentos que pudieran competir con el de mi padre. Ahora mismo no recuerdo ninguno.  Ganar una discusión cuando tienes el mejor argumento no tiene mérito,  pero lo cierto es que alquilábamos todo tipo de películas: "novedades" y "normales".

      En el instituto cometí algún que otro error, como todo el mundo. Uno de ellos fue ir por ciencias en lugar de por letras. Hay momentos clave en la vida de una persona, en los que las decisiones que tomes pueden marcar tu camino para siempre. O tal vez no sea para tanto. Posiblemente nuestros errores dibujan un retrato muy fiel de quienes somos,  al igual que nuestras rectificaciones allanan el camino para llegar a ser quienes nos gustaría ser. Siempre he creído que uno casi nunca llega tarde a los sitios, aunque así lo crea, porque el rumbo  casi siempre se puede cambiar. Alguien me dijo una vez que para tomar determinadas decisiones "hay que tenerlos como el caballo de espartero". Se refería a otras decisiones mucho más difíciles. Esas con las que te enfrentas un puñado de veces al cabo de tu vida, y que te hacen sentir tan vivo y al mismo tiempo te dejan medio muerto, al plantarte de frente con tus propios abismos. Son esas decisiones que desde el  presente marcarán tu futuro, o tal vez en el futuro te recordarán tu pasado.

​      El caso es que hace unos años empecé a aficionarme a la lectura, y más recientemente sentí que tenía una historia que deseaba contar, y empecé a escribir mi primera novela: "La sesión". Todo relativamente sencillo: al menos tomar la decisión lo fue. Escribir una novela ya no es tan fácil. Es complejo;  y es apasionante. "La sesión" es un thriller con un ritmo frenético, y con grandes dosis de ciencia-ficción (techno-thriller y distopía) y acción, escrita desde una concepción muy visual y cinematográfica.

      Es difícil acordarme de mis influencias a la hora de escribir esta novela, pero muchas de ellas vienen del cine; otras de la literatura: Alejandro Amenábar, Borges, David Cronemberg, Philip K. Dick, David Fincher, Ian Fleming, Stephen King, Kubrik, John Le Carré, Lovercraft, Christopher Nolan, Polanski, Poe,  Ridley Scott, Scorsese, Soderbergh, las hermanas Wachowski, y muchísimos más.

     Como esto es una especie de biografía, toca hablar un poco de mi profesión. Desde hace algo más de dieciocho años me dedico a la música y sobre todo a su enseñanza. Podéis ver mi trayectoria aquí.