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  Como escritor, disfruto creando historias que atrapen desde las primeras líneas; relatos que conmuevan, que hipnoticen, que despierten la memoria, que disparen la imaginación, que sacudan los sentimientos, que remuevan las creencias, que involucren y hagan empatizar,  que deleiten al lector.

  Hasta la fecha he escrito varios relatos cortos y microrrelatos; algunos de ellos han sido seleccionados y  publicados  en diferentes medios.
A día de hoy me encuentro terminando la que será mi  primera novela.

  Escribir ficción otorga  el poder de manejar una libertad inmensa, casi infinita. Uno de los grandes retos del escritor es adentrarse en esa libertad, sin llegar a perderse, desplegando sus ideas y su estilo, para construir un relato en el que la persona que lo lee llegue a olvidar que está leyendo.

  La ficción es un poderoso instrumento para conocer y desvelar  los lugares más profundos y misteriosos de la naturaleza humana, a través de la distancia, de la perspectiva, y de la independencia.
 

   Como lectores, la ficción nos incita a  reconocernos en personajes aparentemente ajenos a nosotros mismos, en situaciones que nunca viviremos, o tal vez sí, a veces en mundos tan distintos como familiares al nuestro, o  en épocas pasadas, presentes o futuras. Al conectar y confrontar lo irreal con lo real, lo verdadero con lo fingido, o  lo recordado con lo imaginado, la ficción posibilita que nos veamos reflejados, que nos observemos de perfil, que nos divisemos en la lejanía, o que nos encontremos con otras versiones posibles de nosotros mismos.

Es
esa independencia de la realidad, ese desapego, esa distancia, la que consigue que haya tanta verdad revelada en la ficción, como mentiras ocultas en la realidad.